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Coetáneos de Miguel Hernández

Alejo Carpentier

Alejo Carpentier y Valmont (26 de diciembre de 1904 – 24 de abril de 1980), periodista, musicólogo novelista y narrador cubano, está considerado como uno de los artífices de la renovación de la literatura latinoamericana, en particular a través de su estilo de escritura, que incorpora todas las dimensiones de la imaginación —sueños, mitos, magia y religión— en su idea de la realidad. Organizó varios conciertos de música nueva y encaró serias investigaciones sobre la música, su gran pasión; pero la literatura fue la que le dio la fama universal llegando a ser propuesto para el Premio Nobel de Literatura.

 

Alejo Carpentier nació el 26 de diciembre de 1904 en la Calle Maloja en la Habana. Su padre fue Jorge Julián Carpentier, arquitecto francés, autor de la planta de Tallapiedra y del Country Club. Su madre era Lina Valmont, de origen ruso y profesora de Idiomas. Desde muy pequeño tuvo interés por la música, una afición que posiblemente heredó de su abuela paterna, una pianista que había sido discípula del gran compositor César Franck.

 Alejo pasó los primeros años de su vida en una finca en las afueras de la ciudad, mientras estudiaba en el Candler Collage y en el Colegio Mimó de La Habana. Serán años felices en contacto con las gentes y las faenas del campo.

Contaba tan sólo con siete años y ya tocaba al piano preludios de Chopin. En 1913 viajó con su familia a Rusia, donde permaneció durante unos meses, y también a Francia, Austria y Bélgica. Durante su estancia en París se matriculó durante un trimestre en el Liceo Jeanson de Sailly para practicar el francés.

Su padre consideraba que la enseñanza primaria que se impartía en La Habana era comparable a la que se ofrecía en España durante el siglo XIX, así que a los 11 años Alejo Carpentier pasó a estar al frente de una granja, “El Lucero”. A través de su padre entra en contacto con clásicos de la literatura como Balzac, Zola y Flaubert, aunque también leía a Dumas, a Julio Verne y a Salgari.
..... Esta precocidad de lecturas fue en gran parte consecuencia de una tendencia al asma, enfermedad que Carpentier padeció durante mucho tiempo.

En 1917 ingresó en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana, y al mismo tiempo estudió música, alentado por la gran afición de su familia. Su padre había estudiado violonchelo con Pau Casals, y su madre también era pianista.

Asiste a las primeras proyecciones del cinematógrafo en Cuba, teniendo la oportunidad de ver los filmes fantásticos de Georges Meliés y las aventuras de Zigomar y de Nick Carter. Ya en este tiempo realizó algunos de sus primeros trabajos en prosa y escribió cuentos, de manera que, a los quince años escribió una novela corta bajo la influencia de Flaubert y de Eça de Queiroz, ambientada en la Jerusalén de Pilatos.

Debido al crecimiento desbordante en La Habana de fábricas y edificios, su padre decide alejarse con su familia hacia una pequeña finca en Loma de Tierra, Cotorro. Alejo preparó entonces su ingreso en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de La Habana, donde fue admitido en 1921. Inició sus estudios pero los abandonó a los dos años, ante las dificultades que le suponían las matemáticas y el dibujo. También dejó sus estudios de música, a pesar de haber compuesto ya algunas obras. El propio autor afirmaba que “…no estaba muy dotado para la composición. Al fin comprendí que el resultado no era óptimo y que mi verdadera vocación era la literatura. Fue cuando empecé a escribir en serio...".

Alejo comienza su labor como periodista en la revista “La Discusión”, con un artículo: “Pasión y muerte de Miguel Server, por Pompeyo Gener”. De esta forma inaugura la sección “Obras Famosas”, y una carrera periodística que lo acompañaría el resto de su vida.

En aquellos primeros años veinte el ambiente cultural de La Habana estaba dominado por los epígonos del modernismo, por un esteticismo marcadamente apolítico. Pero Alejo Carpenter y sus compañeros rompieron pronto con esa mentalidad.

Entre 1923 y 1924 crearon el Grupo Minorista, llamado irónicamente así debido a la obligada condición de "minoritarios" con que se calificaba a los nuevos artistas. Sin embargo, el grupo se fue convirtiendo poco a poco en un movimiento volcado hacia una entera valorización de lo nacional. Carpentier entabló diversas amistades como Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Juan Marinello y Amadeo Roldán. Este último sería compañero inseparable de Carpentier en andanzas musicales, tanto cultas como folkloristas, y descubridor de la maravillosa aportación del negro a la cultura cubana. En aquel momento histórico la cultura negra del Caribe era profundamente despreciada. Los esfuerzos de Carpentier por exaltar y defender los ritmos afrocubanos, por dar a conocer las ceremonias rituales ñañigas, le valieron las más duras críticas, llegando incluso a ser desafiado por un oficial del ejército. El duelo, práctica habitual en La Habana de entonces, no llegaría a celebrarse, convencido el militar por los padrinos de Carpentier de la desigualdad del reto.

En este periodo es nombrado jefe de redacción de “Hispania” y también forma parte de la Protesta de los Trece, encabezada por Rubén Martínez Villena. Inaugura en “La Discusión” una sección llamada “Teatros” el 10 de marzo de 1923 y, desde noviembre de ese mismo año y hasta 1948 colabora con la revista “Carteles” en la sección “Desde París”. Colabora al mismo tiempo con la revista “Chic” y el periódico “El Universal” hasta el año 1924.

Su labor periodística no cesa y desde el 26 de febrero hasta el 19 de noviembre de 1924 escribe en el periódico “El País”. En abril participa en el Movimiento de Veteranos y Patriotas, en contra de la corrupción del presidente Alfredo Zayas.

La revista “Social” le servirá de tribuna para crónicas de arte, donde la música y la pintura ocuparán un lugar primordial. Esta colaboración dura hasta 1933. Espectáculos y conciertos será una nueva sección del periódico “El Heraldo”, donde escribirá a partir de noviembre. Hasta 1928 es el jefe de la redacción de “Carteles”.

En 1926 es invitado por el novelista Juan de Dios Bojórquez a un congreso de escritores en México. Viaja por el país y hace amistad con Diego Rivera y con José Clemente Orozco. Junto con Amadeo Roldán se dedica a organizar conciertos de música nueva. Presenta en Cuba, por primera vez, obras de Stravinsky, Malipiero, Ravol, Poulenc y Erick Satie.

En 1927 firma el Manifiesto Minorista junto a otros autores, en su mayoría periodistas. El Manifiesto exponía la labor que pretendía llevar a cabo el Grupo Minorista “… se propone tratar de aquellas cuestiones filosóficas y sociales que son, actualmente, problemas por resolver. No pretende soluciones…”. El 9 de julio de ese mismo año es encarcelado, durante siete meses, acusado de comunista, por haber firmado el Manifiesto. En prisión escribe la primera versión de “¡Écue-Yamba-O!” (en lengua lucumí: ¡Dios, loado seas!), que sería su primera novela y que se publicaría por primera vez en Madrid en 1933.

La situación, aquellos años, bajo la dictadura llega a ser irrespirable: "… era una obsesión huir del país, salir de los países latinoamericanos en general, que carecían de editoriales, de público lector, de revistas realmente serias…”. Pero a Carpentier la policía le había prohibido salir de la capital y le negaba el pasaporte.

Pero un año más tarde, mientras gozaba de libertad bajo fianza, Carpentier protagonizó una sorprendente fuga de La Habana sin pasaporte, que se debió a la presencia en la ciudad en el mes de marzo del poeta surrealista Robert Desnos.

Robert Denos y Carpentier se conocieron en el Séptimo Congreso de la Prensa Latina, una amistad que iba a durar toda su vida. El poeta le ayudó a embarcar en el buque “España” rumbo a Francia, con su pasaporte como delegado del Congreso.

Mariano Brull, funcionario de la Embajada de Cuba en Francia, le posibilitó su desembarco en Saint Nazaire. Sobre este hecho relata el escritor: “Viví en Francia desde 1928 hasta 1939, pero cuando llegué a París ya era un hombre formado, y había cursado algunos estudios universitarios en la Universidad de La Habana. Por eso cuando Robert Desnos me trajo a Francia “como una especie de indígena del Nuevo Mundo” —según decía—, ya tenía la visión general de las cosas que tengo hoy. Reconozco, sin embargo, que le debo mucho al surrealismo, pues me enseñó a descubrir las realidades que se encuentran detrás de otras realidades”.

Bajo la tutela de Desnos se establece en Montparnasse donde, enseguida comienza a frecuentar la vida nocturna de sus cafés. Se mantiene modestamente con las corresponsalías de las revistas “Carteles” y “Social” y, aunque su primera intención era quedarse poco tiempo en Francia, vivirá allí durante los once años siguientes.

En Francia trabaja como jefe de redacción de la revista “Musicalia” y hace colaboraciones en “Bifur” y “Documents”, dos revistas de vanguardia de la época.

Este es el momento en el que Carpentier decide estudiar América y lo hace por espacio de ocho años, desde el Inca Gracilaso a las crónicas de Bernal Díaz del Castillo, desde Sor Juana Inés de la Cruz, hasta los novelistas románticos del siglo XIX.

André Breton lo invita a colaborar en la revista “La Revolución Surrealista”. Conoce, entonces, a Louis Aragón, Tristan Tzara, Paul Éluard, Georges Sadoul, Benjamín Péret, y a los pintores Giorgio de Chirico, Ives Tanguy y Pablo Picasso.

También en este año conoce a Ernest Hemingway, con quien mantendrá una larga amistad.

Escribe los libretos de dos poemas coreográficos: “Mata-cangrejo” y “Azúcar”. Y el libreto del ballet “El milagro de Anaquillé”, musicalizado por Amadeo Roldán y que se estrenaría en La Habana en 1961. Publica también “Poémes des Antilles”, nueve canciones musicalizadas por Marius Francois Gaillard. De 1930 a 1932 escribe una ópera bufa en un acto y cinco escenas: “Manita en el suelo”, con música de Alejandro García Caturla. En la revista “Le Cahier”, de Francia, aparece su primer ensayo en francés: “Los puntos cardinales”. Es también director de la revista “Imán”.

Comienza su trabajo en la radio en “Poste Parisien”, la estación más importante de la época en París llevada por Deharme, figura importante de la radiofonía parisiense. Hace adaptaciones para la radio francesa como “El ruiseñor de Andersen” y varios cuentos de “Las mil y una noches”.

Crea la cantata “La pasión negra” para el compositor francés Marius F. Gaillard, que tuvo gran éxito en París.

Dirige los estudios “Foniric” de París de 1933 a 1939 y colabora con personajes como Robert Desnos, Antonin Artaud y Jean Loui Barrault en la creación de programas radiofónicos, por ejemplo: “El gran lamento de Fantomes” y “Saludo al mundo de Walt Whitman”, donde se utilizó por primera vez la cinta magnetofónica.

Publica en francés una novela corta, “Historie de lunes” en la revista literaria de “Marseille Cahier du Sud”.

En 1933 visita España y entra en contacto con varios escritores e intelectuales españoles. “¡Écue-Yamba-O!”, gestada en la cárcel, fue publicada en España ese año, como ya hemos comentado, y con las mil pesetas que le pagó Julio Álvarez del Vayo por la publicación, Carpentier dio un banquete a sus amigos españoles. Regresó a España tan sólo un año después para asistir al estreno de “Yerma”, de Federico García Lorca, y tuvo un contacto directo con la Guerra Civil.

Carpentier se encontraba en París cuando tuvo lugar el Primer Congreso de Escritores para la Defensa de la Cultura, inaugurado el 21 junio de 1935 por André Gidé. Aunque no asistió al evento, Alejo coincidió en París con Vallejo, Neruda, los españoles Julio Álvarez del Vayo, Andrés Carranque de Ríos, Arturo Serrano Plaja, y el argentino Raúl González Tuñón. Se sabe que asistió allí a reuniones informales en un hotel de Montparnasse.

No así en el Segundo Congreso, que tuvo lugar del 4 al 18 de julio de 1937, entre Valencia, Madrid, Barcelona y París. Con la presencia de 150 delegados de 26 países, y con una delegación cubana compuesta por Juan Marinello, Nicolás Guillén, Félix Pita Rodríguez, Leonardo Fernández Sánchez y Alejo Carpentier. Alejo vuelve a entrar en contacto con el panorama bélico del país. Los acontecimientos españoles hacen mella en Carpentier, que realizará varios escritos en la revista "Carteles" con el nombre "España bajo las bombas" y reflejará también su experiencia de la guerra más adelante, en la novela "La Consagración de la Primavera".

 

Finalmente la decepción sufrida por la derrota del bando republicano se extiende en Europa y Carpentier acentúa sus críticas hacia la vulgaridad francesa. Le repugna el espíritu de los movilizados y queda profundamente asqueado por el desarrollo de la Conferencia de desarme, celebrada en Ginebraen agosto de 1938.

Absolutamente pesimista por el destino de Europa, Carpentier va a descubrir su "americanidad", y en mayo de1939 abandona el continente para regresar aCuba. Esta vuelta a La Habana será dolorosa. Implicaba un nuevo comienzo desde el principio. Invadido por un sentimiento de fracaso, se buscará a sí mismo en el ser esencial de América. En pocos años ha visto desaparecer a algunos de sus amigos más entrañables: Martínez Villena, García Lorca, César Vallejo, Amadeo Roldán y también a Robert Desnos, muerto en un campo de concentración en Checoslovaquia.

Además, la situación política de Cuba, marcada por la inestabilidad y la corrupción, no será el ambiente más propicio para disipar su amargura. En Cuba escribe, produce y dirige programas de radio hasta 1945. Entre ellos se encuentra “Los dramas de la guerra” y otro de biografías sobre personajes célebres que salía a las 12 de la mañana por la CMQ.

En 1941 contrae matrimonio con Lilia Esteban, su segunda mujer. Su primera mujer había sido la francesa Eva Frejaville, con quien había estado casado tan sólo durante un mes. La boda se concretó en Santa María del Rosario, en las afueras de la capital cubana. Luego la pareja se instaló en el barrio habanero de El Vedado. Lilia era un personaje de una cultura, autoridad y modestia inimaginables. Su origen era de la burguesía cubana, un origen al que renunció por casarse con el entonces periodista Carpentier. Su bisabuelo había sido gobernador político General de la provincia de Matanzas, Marqués de Esteban y había colocado la primera piedra del proyecto del teatro más importante de esa ciudad.

En esta etapa, la producción periodística de Carpentier será escasa y dedicará la mayor parte del tiempo a escribir su famoso ensayo “La música en Cuba” (1946). Las investigaciones llevadas a cabo sobre la fusión del ritmo africano con la melodía española y con los elementos de expresión sonora debidos al indio le procurarán un conocimiento integral de América Latina, que será fundamental para su obra literaria.

Además de colaborar con “Tiempo Nuevo”, un magazine habanero, ejerce de jefe de redacción. Hace una adaptación radiofónica de “El Quijote”, junto a Ángel Lázaro, e imparte un curso de Historia de la Música en el Conservatorio Nacional de Música Hubert de Blanck.

En 1942, Carpentier organizó la primera muestra del pintor Pablo Picasso en Latinoamérica, con obras que no fueron exhibidas antes ni en Europa ni América. Fueron expuestas en el Liceum Lawn Tennis Club, del 18 de junio al 4 de julio.

El mismo año fue seleccionado el autor dramático más destacado del año por la Agrupación de la Crónica Radial Impresa (ACRI), pero este hecho se dio a conocer el 9 de marzo de 1943. Escribe el ballet “Romeo y Julieta” con música de Hilario González.

En 1943, aunque no la terminó, le encargaron escribir una novela, “El clan disperso”, relacionada con el Grupo Minorista. Ese año llega a La Habana el gran actor y director francés Louis Jouvet. Carpentier y Jouvet se habían conocido en París y el actor viajó a La Habana con su compañía para representar obras de Molière y Claudet. Al acabar la temporada en La Habana, Jouvet iba a viajar a Port – au – Prince, en Haití e invitó a Carpentier y a su esposa a que les acompañara. Este viaje fue crucial para la vida y la obra de Carpentier. Su esposa y él asistieron al debut de Jouvet y anduvieron con él por los mercados de Port – au – Prince visitando la pintoresca ciudad. Al cabo de dos o tres días Carpentier y su esposa decidieron adentrarse en el país para ir a la ciudadela de La Ferrière y hasta la antigua ciudad del Cabo, lo que hoy es Haití, que había sido capital de Santo Domingo cuando todavía era colonia francesa. Carpentier se interesó mucho por las costumbres y la historia del país. Fue un viaje de descubrimiento del mundo americano, donde el contacto directo con la cultura haitiana y la asistencia a una ceremonia de vudú fue determinante para definir lo que llamó “lo real maravilloso” que conformaría el “realismo mágico” de su novela “El reino de este mundo”, escrita en 1948. El término fue divulgado en el prólogo de la novela y ha servido para tipificar su propia novelística. Es un símil del llamado "realismo mítico" incorporado a la descripción de la realidad hispanoamericana. La realidad y el sueño, la razón y la imaginación, la historia y la fábula, la vida y la muerte, entretejen sus lazos narrativos hasta llegar a conformar una especie de tapiz suntuoso, mágico y alegórico, conceptual y, por momentos, culterano. La novela se centra en la revolución haitiana y el tirano del siglo XIX Henry Christophe.

En 1944 se establece en Venezuela, donde vivirá durante 14 años. Por encargo del Fondo de Cultura Económica escribió “La música en Cuba” para su colección “Tierra Firme”. Publicó una compilación de cuentos titulada “Viaje a la semilla”, que aparecerá en forma de plaquette con ilustraciones de Esteban Boloña. En Caracas dirigió en Departamento de Radio de la Publicidad Ars y ocupó entre 1946 y 1957 la Cátedra de Historia de la Cultura en la Escuela de Artes Plásticas.

En 1947 Carpentier publica la primera parte de un libro que nunca llegó a publicarse, “El libro de la Gran Sabana”, titulada “Viaje al riñón de América”. De aquí saldría su colección “Visión de América”, un total de cinco artículos que se publicaron a partir de 1948 en la revista “Carteles”. Muchos de estos elementos formarán parte de “Los pasos perdidos”.

En 1948 hace un recorrido por la Gran Sabana de Venezuela, el Alto Orinoco y territorios amazónicos. En agosto, junto con Tony Blois Carreño, nieto de Teresa Carreño, e Hilario González (compositor) realiza una nueva gira por Ciudad Bolívar. Seguirían hasta Puerto Ayacucho y San Fernando de Atabapo para llegar al país de los indios guahibos. En este lugar tuvo su asiento la Casa del Sol, morada del Gran Patití y centro de Manoa, descrito por Carpentier en “Los pasos perdidos”.

Finalmente, en 1949, apareció publicado en México “El reino de este mundo”, uno de sus trabajos literarios más emblemáticos: un ejercicio de excelente rigor histórico, como serán en adelante la mayor parte de sus obras, en el que Carpentier narró un episodio del surgimiento de la república negra de Haití. Precisamente, en el prólogo de esta novela, el autor expuso la tesis que definía "lo real maravilloso". El prólogo de esta novela fue publicado por vez primera el 8 de abril en “El Nacional”. Le seguirían otras publicaciones como “Tristán e Isolda en tierra firme”.

El 1 de junio de 1951 inicia la sección “Letra y Solfa” en “El Nacional”, de Caracas, que se mantendría hasta 1961, con alrededor de tres mil artículos con temas de literatura, música, ballet, artes plásticas, mitos, cine, entre otros. En esta columna se aprecia la labor del formador que puso a disposición del público lector todo el saber que lo acompañaba, difundiendo la cultura universal en función del hombre americano. En el mes de noviembre del mismo año, Carpentier imparte el curso “Explicación y apreciación de la música moderna” en el Centro Venezolano Americano.

Su consagración definitiva como escritor llegó, sin embargo, con “Los pasos perdidos”, en 1953, novela en la que un musicólogo antillano que reside en Nueva York, casado con una actriz, es enviado a un país sudamericano con el encargo de rescatar y encontrar raros instrumentos. En el viaje lo acompaña una amante francesa, que parece representar la decadencia europea y a la que el musicólogo abandona por una mujer nativa a través de la cual entra en contacto con la vida de una comunidad indígena, de donde es rescatado y llevado de nuevo a una civilizada ciudad a la que no llega jamás a adaptarse, hasta que regresa a la selva. Este diario ficticio trata de definir la relación real entre España y América siguiendo la conquista española. Se considera que es su obra maestra, un intento de llevar a cabo su idea de construir una novela que llegue más allá de la narración, que no sólo exprese su época sino que la interprete.

En 1954 Carpentier fue nombrado directivo de la Institución J.A Lamas, donde Carpentier congregaba a importantes personajes del mundo musical y realizaba una intensa difusión de la música contemporánea. Organizó, junto con Inocente Palacios, el Primer Festival de Música Latinoamericana de Caracas. Colaboró también con la Universidad de Caracas impartiendo un curso sobre la Literatura Contemporánea.

En 1955 viaja a París pero de camino para en Guadalupe donde comienza su idea de escribir “El Siglo de las luces”. En “Les Temps Modernes”, de París, se podrá leer un fragmento de “El acoso”, y “El reino de este mundo” es seleccionado el mejor libro del mes por el club La Sociéte des Lecteurs. Los críticos que decidieron en esta selección fueron Maurice Nadeau, director de “Les Lettres Nouvelles”; Emile Henriot, de la Academia francesa; y Roger Nimier, del diario “L’Express”.

Más tarde llegó “El acoso” (1956), tras su experiencia en Venezuela. Una novela corta de temática entre política y psicológica, donde se refleja fielmente el círculo de represión y violencia de la Cuba anterior a la Revolución, en la década de 1950. Aunque no fue una novela documental, en esta obra los episodios se suceden en coincidencia con los cuarenta y seis minutos que dura la interpretación de la “Sinfonía Heroica” de Beethoven. Mientras tanto, “Los pasos perdidos” gana el premio al mejor libro extranjero, otorgado por once de los mejores críticos literarios de París.

En 1957 se proyecta la filmación de “Los pasos perdidos” por la Tyrone Power Corporation o Copa Films, una productora inglesa. Alejo participa ese año como organizador del Segundo Festival de Música Latinoamericana de Caracas. Sigue publicando. “Guerra del tiempo” vio la luz en en México en 1958. En esta obra el autor reunió tres relatos que suponían otras tantas variaciones sobre el tiempo en una ambientación pretérita: “Camino de Santiago”, una reedición de “Viaje a la semilla” y “Semejante a la noche”. Fueron tres breves incursiones de Carpentier en el mundo de lo fantástico y de la ficción, protagonizadas por la irreversibilidad de lo ocurrido.



En su viaje a las Antillas Francesas aprovechó para recopilar documentación en el periódico “Guadalupe”, que sería fundamental para su novela “El siglo de las luces”, una novela histórica ambientada en Francia y las Antillas en el periodo de la Revolución Francesa. Se publicó en 1962. En esta obra narró la peripecia de un personaje llamado Víctor Hugues que llevó a la isla de Guadalupe la ideología de los revolucionarios franceses y también la guillotina. Una novela cautivante que confirmó el poder de convocatoria visual de su autor, en la que presenta personajes y ambientes lejanos en la historia y los acerca al lector atrapándolo en un asombroso tejido verbal.

En 1959 regresa a Cuba para manifestar su eterno compromiso con la Revolución Cubana. Se ocupa de la administración general de la Editorial de Libros Populares de Cuba y el Caribe y colabora en la organización de tres festivales del Libro Cubano. Este año también publica en la "Nueva Revista Cubana" los capítulos del I al III de “El siglo de las luces”, al tiempo que colabora en publicaciones como "El Mundo", "Revolución", "Granma", "La Gaceta de Cuba", "Unión", "Cuba", "Islas", "Casa de las Américas", "Bohemia" y "Revolución y Cultura".

En 1960 Carpentier es nombrado subdirector de Cultura del Gobierno Revolucionario de Cuba y participa, junto con Nicolás Guillén en el Séptimo Festival del Libro Mexicano representando a su país. En esta época visita la antigua Checoslovaquia, Alemania, Polonia, antigua Unión Soviética y China. En funciones de jefe de misión suscribe convenios para el intercambio cultural y científico con Bulgaria, Rumania y Hungría y en este año es elegido vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). En el Primer Congreso de Escritores y Artistas Cubanos expone sobre literatura y conciencia política en América Latina. Escribe "Apuntes para una cantata" sobre un discurso de Raúl Roa el 25 de agosto en San José de Costa Rica.

En 1962 tiene una importante participación en la Séptima Escuela Internacional de Verano, organizada por la Universidad de Concepción en Chile. Con sólidos planteamientos y consecuencia de ideas impugna la tesis del profesor norteamericano Frank Tennebaum acerca del imperialismo y federalismo, sobre bases históricas literarias, pues la literatura hispanoamericana se había caracterizado, generalmente, por repudiar a las distintas formas del imperialismo norteamericano. Recibe un homenaje en la Casa del Escritor de Santiago de Chile y en la Universidad imparte una conferencia: “Panorama de la literatura cubana”.

Ese año recibe varios nombramientos: vicepresidente del Consejo Nacional de Cultura, y director ejecutivo de la Editorial Nacional de Cuba, cargo que ocupará hasta 1966.

En 1963 imparte una conferencia en el Ministerio de Hacienda sobre el curioso paralelismo entre el origen y desarrollo de la literatura rusa y la literatura latinoamericana. Aprueba, tras el plan de la Dirección Nacional de Música, el Segundo Festival de Música Popular Cubana en La Habana. Allí se publica también, en Las Ediciones R, “El siglo de las luces”, y en París, un jurado de nueve críticos de la prensa elige esta novela como uno de los diez mejores libros del año.

En Radio Habana Cuba dirige un programa de corte cultural que tenía una frecuencia semanal, con media hora de duración y que se mantiene hasta 1966. En relación con el programa, en su primera conferencia apunta que éste estaba dedicado a tratar temas de la cultura en Cuba y en el mundo. Consistiría, sobre todo, “…en la consideración de temas que nos incumben directamente, en lo que se refiere a la evolución cultural de nuestro país, pero, además, a temas que se refieren a las relaciones de la cultura de Cuba con otros países, con otros ámbitos, con distintas escuelas, distintos géneros…”.

Publica en México "Tientos y diferencias" (ensayos). En la revista "Casa de las Américas" saldrá publicado una parte del primer capítulo de su novela "El año 59".

Ofrecerá conferencias del 10 de enero al 3 de febrero de 1965 en una gira por Francia y que abarca ciudades como Bordeaux, Poitiers, Toulouse, Montpellier, entre otras. En "Bohemia" encontraremos un fragmento de su novela “El año 59”, titulado “Los convidados de plata”.

Realiza un viaje a Vietnam en plena guerra en octubre de 1966, invitado por algunos escritores vietnamitas. Permaneció dos semanas en el Norte de Vietnam compartiendo noches de tertulia en un hotel en el que solían reunirse. Es designado ministro consejero de la embajada de Cuba en París. Un año después presentará testimonios ante el Tribunal Russell en Estocolmo y denunciará los crímenes de los Estados Unidos en Vietnam. Publica en Madrid “Literatura y conciencia política en América Latina”. La edición incluía los ensayos de “Tientos y diferencias” y “Papel social del novelista”.



Durante la década de los 70 recibe numerosos nombramientos y homenajes, entre los que destacan: miembro de la Asociación de Compositores y Escritores de Francia, título "Doctor Honoris Causa" en Lengua y Literatura Hispánicas otorgado por la Universidad de La Habana. Es condecorado con la orden "José Joaquín Palma" por la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), por sus cincuenta y tres años de trabajo ininterrumpido como periodista. El Premio Mundial "Cino del Duca", cuya retribución monetaria es donada por Carpentier al Partido Comunista de Cuba. Es elegido diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, por el municipio de Habana Vieja. Recibe un homenaje a nivel nacional en Cuba por su setenta aniversario. Con la presentación de su novela “El recurso del método” se le confiere la medalla Alfredo López. La Casa de las Américas edita un disco con fragmentos de “El reino de este mundo”, “Los pasos perdidos”, “El acoso” y “El siglo de las luces”. El ICAIC edita el cartel "Carpentier 70" y proyecta los filmes “Habla Carpentier sobre La Habana, 1912-1920” y “Habla Carpentier sobre la música cubana”. Visita México y es merecedor del Premio Internacional Alfonso Reyes en Ciencias y Literatura.

En 1976 le otorgan la más alta distinción que concede el Consejo Directivo de la Sociedad de Estudios Españoles e Hispanoamericanos de la Universidad de Kansas (Estados Unidos): el título de Honorary Fellow. En 1978 recibe la más alta distinción literaria de España: el Premio Miguel de Cervantes y Saavedra. En esta ceremonia, celebrada en el Paraninfo de la Universidad Complutense (Alcalá de Henares), pronuncia su emblemático discurso “Cervantes en el alba de hoy”. En una carta dirigida al presidente del Consejo de Estado de Cuba dona al Partido Comunista de Cuba la retribución material de este premio, de manera que es reconocido por la Asamblea Nacional del Poder Popular y por Fidel Castro Ruz, presidente del Consejo de Estado de Cuba. Con el dinero que Carpentier donó del Premio Cervantes se inaugura, en julio, en la ciudad de Santiago de Cuba, el primer museo provincial de reproducciones de pintura universal. El Premio Medicis Extranjero se le otorga por “El arpa y la sombra”. Es la más alta distinción con que premia Francia a escritores extranjeros.

Alejo Carpentier falleció en París el 24 de abril DE 1980, después de trabajar intensamente ese día. Había empezado una nueva novela que ya no llegó a ver la luz. Cuba no olvidó al insigne escritor y le rindió un homenaje póstumo en la Base del Monumento a José Martí.

A pesar de su corta producción narrativa, Carpentier está considerado como uno de los grandes escritores del siglo XX. Fue el primer escritor latinoamericano que afirmó que Hispanoamérica era el barroco americano abriendo una vía literaria imaginativa y fantástica pero basada en la realidad americana, su historia y mitos. La narrativa de Carpentier no se caracterizó por los análisis psicológicos, dada la vastedad de una propuesta que planteaba más bien la diversidad de lo real. No mostró, por tanto, con excesivo detalle los aspectos de la vida individual, más allá de arquetipos como el Libertador, el Opresor o la Víctima. Su propósito central fue acaso cambiar la perspectiva del lector, trasladarlo hasta un universo más amplio, un cosmos donde la tragedia personal queda adormecida dentro de un conjunto que, aun siendo sencillo, es mucho más vasto y profundo.


CARPENTIER, ESPAÑA Y MIGUEL HERNÁNDEZ

Carpentier visita España por primera vez en 1933. Estas son algunas de sus impresiones de la ciudad de Madrid:

"… era un Madrid del que tengo un recuerdo maravilloso por la calidad y la actividad intelectual, poética, artística, literaria de la gente que conocí…".

En 1937 asistiría en Madrid al Segundo Congreso de Escritores para la Defensa de la Cultura. No se puede hablar de este Congreso sin remitirse a sus cuatro excelentes crónicas sobre aquellos días publicadas entre el 12 de septiembre y el 31 de octubre del propio año en la revista "Carteles", con el título de "España bajo las bombas".

“… Serían las cuatro de la madrugada. En el medio sueño precursor del despertar percibo un ruido anormal, ruido que hiere mis oídos por primera vez, zumbido de motores de aeroplanos, acompañados de un extraño silbido intermitente, como notas picadas de un flautín agudísimo. Quejas del aire desgarrado por balas de los cañones antiaéreos. De pronto, una explosión sorda, subterránea, formidable golpe de ariete en la corteza del suelo. Hace temblar la pared del hotel… El suelo retumba y se estremece. Terremoto fugaz seguido de bofetadas de aire en todos los cristales… ¡Ésta ha caído más cerca todavía!...”.

Por sus crónicas desfilan milicianos heridos que ansían volver al frente, comisarios políticos, como el periodista y escritor cubano Pablo de la Torriente Brau, no sólo respetados sino también amados por sus soldados, la bella María Teresa León, Rafael Alberti, León Felipe, Manuel Altolaguirre, que no había aún fundado "La Verónica" habanera, dirigiendo presentaciones de "Mariana Pineda", la dulce Anna Seghers, Alexei Tolstoi y Fadeev, José Bergamín, Miguel Hernández y Antonio Aparicio, ambos en uniforme de milicianos, y hasta un fantasmal Octavio Paz, en su mejor época.

Pasan también las impresiones de un bombardeo nocturno contra Valencia, con la certeza de que "…muchos apolíticos, muchos hombres tibios, irresolutos, sin convicciones definidas, han sido conquistados para la ideología republicana por los aviones de Franco…", y sobre todo, por su carga simbólica y emotiva, el alto en Minglanilla, camino a Madrid, donde los escritores se encontraron rodeados de pronto por los niños huérfanos evacuados de Badajoz, uno de los cuales llevaba tatuado sobre el brazo el "¡No Pasarán!",y una anciana de negro que les exigió, con acento inolvidable, " ¡Defiéndannos, ustedes que saben escribir!".

En esas crónicas, Carpentier no habla del Congreso ni de las palabras que allí se dijeron. La realidad y la fuerza de la gente humilde se le imponen y le desarma.

Unos meses más tarde, en octubre de 1937, Carpentier se encuentra en París con Miguel Hernández, poeta del pueblo y de la República Española. Miguel Hernández se encontraba en París visitando a Octavio Paz y a su esposa Elena Garró. Venía de Rusia y de camino a España pasó por París. Alejo Carpentier trabajaba entonces en los estudios de “La Poste Parisien” y aprovechó la estancia del poeta para realizar una grabación de su voz recitando el poema “Canción del esposo soldado”. A día de hoy esta es la única grabación que se conserva de la voz de Miguel Hernández. El 20 de enero de 1943, en el homenaje cubano que se realizó posteriormente a Hernández, en el Palacio de los Capitanes Generales, sede de la alcaldía de La Habana, Carpentier difundió la histórica grabación. (Llegó con tres heridas. Archivo de audio)

A la muerte de Miguel Hernández tuvo lugar un fenómeno curioso en Latinoamérica. El rumor de que el poeta-pastor había sido fusilado y muerto en España corrió como la espuma, quizás porque esta fue la suerte que corrió Lorca, fusilado en algún lugar de la carretera que une Víznar y Alfacar (Granada), en los primeros momentos de la guerra. Miguel Hernández murió de tuberculosis en la cárcel de Alicante, pocos días antes de que se le concediera el traslado a un hospital. Sin embargo, a causa de este rumor, muchos poetas latinoamericanos como Carpentier expresaron así su repulsa y dolor por la muerte de Miguel.


LA MUERTE DE MIGUEL HERNÁNDEZ
Alejo Carpentier


Miguel Hernández, el gran poeta campesino español, fue fusilado el jueves 20 en Madrid, por sentencia de un consejo de guerra.Delito: haber sido miliciano en la guerra. Con Miguel Hernández y Federico García Lorca perdieron las letras españolas sus dos primeros poetas jóvenes.


Si me muero que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.


Miguel Hernández ha muerto. Ha muerto apretando los dientes, la boca contra la grama. Pero no era aquella muerte la que él estaba dispuesto a aceptar, con altanero fatalismo… En otros versos, nos había explicado, cómo podía morirse “con la cabeza muy alta”:


Los quince y los dieciocho,
los dieciocho y los veinte…
Me voy a cumplir los años
al fuego que me requiere,
y si resuena mi hora
antes de los doce meses,
los cumpliré bajo tierra.
Yo trato que de mí queden
una memoria de sol
y un sonido de valiente.



Memoria de sol y sonido de valiente acompañaban ya en vida la historia contemporánea de Miguel. Perdonado cien veces por la metralla, curtido por el sol de los frentes, el poeta cantó magníficamente en las trincheras, vistiendo el pardo uniforme de los milicianos. Canciones de vida y muerte, de júbilo y luto, que adquieren ahora, ante un cable escueto, singular relieve dramático:


¡Qué sencilla es la muerte; qué sencilla,
pero qué injustamente arrebatada!
No sabe andar despacio, y acuchilla
cuando menos se espera su turbia cuchillada.



De la “Elegía a García Lorca” son estos versos dramáticamente proféticos:


Como si paseara con tu sombra
paseo con la mía
por una tierra que el silencio alfombra,
que el ciprés apetece más sombría.

Rodea mi garganta tu agonía
como un hierro de horca
y pruebo una bebida funeraria.
Tú sabes, Federico García Lorca,
que soy de los que gozan una muerte diaria.



El cable ha hablado: Tres años exactamente después de fusilado el poeta de Yerma, Miguel Hernández ha caído bajo las balas de un pelotón ejecutor. “Veinte veces muerto” por veinte balas, se ha desplomado, “la boca contra la grama”, en el patio de una siniestra prisión madrileña.

Miguel, que ha vivido con la cabeza muy alta, sólo puede haber muerto con la cabeza en alto: esa cabeza cuyos ojos de niño reflejaban la limpidez de una conciencia sin remordimientos.

Jean Cocteau llamaba a Raymond Radiguet “el milagro del Marne”. A Miguel habría podido llamársele “El milagro de Orihuela”, porque su caso constituye una excepción dentro de la historia de una literatura (excepción que tiene un precedente en la literatura inglesa del siglo XVIII): Miguel Hernández fue poeta antes de aprender a leer y a escribir.

Hijo de humildes pastores de cabras, trabajó desde niño en el cuidado del ganado y el cultivo de la tierra… Las toscas canciones que surgieron de sus labios, en los primeros años de su vida, justifican estas frases dirigidas por él a Vicente Aleixandre, en la dedicatoria de “Viento del pueblo”: “A nosotros, que hemos nacido poetas, entre todos los hombres, nos ha hecho poetas la vida junto a todos los hombres…”.

Miguel Hernández había nacido poeta entre todos los hombres. Aprendió a escribir su nombre en la escuela pública de Orihuela, y, a pesar de que los primeros libros que cayeron entre sus manos eran detestables folletines por entrega, de los que pueden falsear el gusto de un hombre sencillo, el pastor de cabras halló, por instinto, el camino que habría de conducirlo a las más puras fuentes de la poesía castellana. Devoró las obras de los clásicos españoles en un círculo obrero de su pueblo. Conoció por un feliz azar, poemas de

Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. Y un buen día publicó una serie de octavas reales, escritas bajo la influencia peligrosa y egregia de Góngora.

Miguel Hernández no había cumplido veinte años, cuando José Bergamín publicó su primera obra seria, un auto sacramental, en “Cruz y Raya”… Los jóvenes poetas de Madrid comprendieron que había “nacido un poeta entre todos los hombres”. Un poeta por instinto. Un poeta auténtico. Un poeta que podría escribir un día: “Nuestro cimiento será siempre el mismo: la tierra. Nuestro destino es parar en las manos del pueblo…”. Miguel Hernández fue festejado, elogiado, publicado. El aspecto milagroso de su aparición en el firmamento de las letras españolas, le confirió la categoría de héroe poético del día.

Pero el éxito no modificó en nada el carácter de Miguel. En la Cervecería de Correos, junto a Federico García Lorca; en la casa de Pablo Neruda, llena de máscaras javanesas; en el estudio de Rafael Alberti, presidido por los inquietantes dibujos de Alberto —escultor en barro de Castilla— Miguel Hernández seguía siendo el pastor de cabras, hijo de pastores de cabras, de los campos de Orihuela.


¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna
pesan sobre nuestros huesos!

 

Miguel Hernández había nacido con el cutis duro y terroso de los campesinos. Ignorante de coqueterías, llevaba cortísimo un pelo espeso que ningún peine habría sabido domar. Manos anchas, manos de labriego.


Estas sonoras manos, oscuras y lucientes
las reviste una piel de invencible corteza,
y son inagotables y generosas fuentes
de vida y de riqueza…



Miguel no era elegante. Prefería cualquier indumentaria refinada, el rudo pantalón de pana de los campesinos, y esas alpargatas levantinas, con ocho cordones negros, que habrían de ser el calzado de campaña de los primeros milicianos. Pero dos cosas resultaban inolvidables en el poeta: la limpidez de su mirada clara y el timbre varonil y profundo de su voz.

Esa voz la he apresado. La tengo aquí, en La Habana, en mis maletas.

A principios de 1938, Miguel Hernández llegó inesperadamente a París. Desde los primeros instantes de la guerra, el poeta se había inscripto en el 5º Regimiento:


Echa tus huesos al campo,
echa las fuerzas que tienes
a las cordilleras foscas
y al olivo del aceite
……………………………………….
Sangre que no se desborda,
juventud que no se atreve,
ni es sangre, ni es juventud,
ni relucen, ni florecen…



Había trabajado en la construcción de fortificaciones. Ahora, destinado a infantería, luchaba como miliciano en la brigada del “Campesino”… Para imponerle un descanso merecido, y sustraerlo momentáneamente a los cotidianos peligros del frente, el Gobierno republicano lo había nombrado delegado a un Congreso Internacional de Arte Dramático.

Por aquel entonces, disponiendo de las máquinas de mi estudio, yo no perdía una oportunidad de “poner en conserva” la voz de los grandes poetas contemporáneos. Había editado los poemas “Guernica” y “Madrid 1937”, de Paul Éluard. Había guardado en mis gavetas las voces de Langston Hughes, Rafael Alberti, José Bergamín, Octavio Paz, Pablo Neruda y otros… Al saber que Miguel (a quien había conocido en Madrid bajo las bombas del año anterior) estaba en París, lo invité a que grabara un disco.

Era la primera vez que el ex pastor de cabras veía un estudio consagrado a estos trabajos. Todo lo maravillaba: las máquinas, los micrófonos, los amplificadores, los tonemesser que permiten ver la voz, los pomos de cristal en que la escoria filiforme de los discos se entrega a danzas fantásticas, al ser enmarañada por aspiradores. Miguel reía como un niño al ver los aparatos destinados a producir ruidos. Al oír un balido producirse en una caja misteriosa, exclamaba:

— ¡El borrego!...

Entendido en la materia, hallaba que las cabras mecánicas de mi estudio no eran del todo exactas.

—¡Si hubieses venido a Orihuela!... ¡Allí eran de verdad!...

Por fin, Miguel se detuvo ante el micrófono. Se encendieron las luces rojas. Se encendieron las azules. Y el poeta comenzó a declamar, con su voz maravillosa y su acento aldeano, las estrofas de la “Novia del soldado”.


Sobre los ataúdes feroces en acecho
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa…


Este disco no se llegó a editar, pero conservo el original, único ejemplar, junto a mis papeles más preciados. Trataré de hacer algunas copias de él que regalaré a los que fueron amigos del poeta.

¡Cuerpo presente!... ¡Único retrato viviente que nos queda de esa voz que simbolizó, por su masculinidad, la vida misma de Miguel Hernández!...

Este texto fue publicado por Carpentier en la revista “Carteles” el 6 de agosto de 1939.

La indignación que la muerte de Miguel a manos de los franquistas provocó en los círculos políticos e intelectuales de la izquierda fue generalizada. Como forma de protesta, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba organizó un homenaje póstumo al poeta que creían recién fusilado. Se celebró el 19 de agosto de 1939 y el acto resultó multitudinario. También en esta ocasión estuvo presente Alejo Carpentier, que habló de Miguel y produjo gran emoción en el público al mostrar un disco de su propiedad en el que aparecía la voz de Miguel. Consiguió poner al público en pie mientras se escuchaba la voz del poeta recitando la bella y conocida poesía a su esposa. El 20 de enero de 1943, con motivo de otro homenaje, esta vez, desgraciadamente, realmente póstumo, se pudo escuchar de nuevo en La Habana la voz de Miguel Hernández, gracias a Alejo Carpentier.