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Coetáneos de Miguel Hernández

María Cegarra Salcedo



María Cegarra Salcedo nació en La Unión (Murcia), en 1903. Trabajó como perito químico en unos laboratorios de análisis minerales, aunque también sentía la vocación docente y trabajó como profesora de Física y Química; era una mujer que se adelantó a su tiempo -recordemos que era una época en la que la mujer no estudiaba y sólo se dedicaba a las tareas del hogar-. Cegarra pertenece a la primera generación de autores contemporáneos murcianos. María siempre contó con el apoyo de otros autores como el matrimonio Antonio Oliver y su esposa Carmen Conde.

María Cegarra muere el 26 de marzo de 1993. Era una figura importante en la vida social de La Unión y el Ayuntamiento decidió decretar dos días de luto oficial, instalándose la capilla ardiente en el Instituto Nacional de Bachillerato que actualmente lleva su nombre.

Su obra poética comienza en 1935 cuando publica «Cristales míos». En toda su producción literaria encontramos una evolución poética; dentro de esta evolución queda claramente marcado ese espíritu poético que anima a María Cegarra. Podríamos decir que se trata de un espíritu platónico y del mundo de las Ideas al que se llega tras una minuciosa contemplación, quedando claramente plasmado en el Mito de la Caverna de Platón, donde las sombras del fondo no son la Realidad, sino un reflejo imperfecto de la misma. Pero ella da un paso más, cubriendo de belleza todo lo que supone apariencia, devolviéndole a todo su estado primigenio.

Su poesía no es de denuncia, de política o de carácter religioso, trata de volver a esa Realidad platónica que rodea todo lo creado. María no tuvo una clara tendencia política, lo que sí sabemos es que perteneció a la Sección Femenina franquista. Su ideología política no queda reflejada en sus escritos.

Con posterioridad a la creación de este poemario, pasó largo tiempo preparando su siguiente obra que no verá la luz hasta 1981, bajo el título «Desvarío y fórmulas». Este poemario está dedicado a su hermano Andrés, cuando se cumplían ya cincuenta años del aniversario de su muerte. Son poemas con un marcado acento social. La poetisa sabe que cuenta con un arma poderosa para poner al servicio de esa sociedad que acalla muchos males y que no se atreve a manifestar. Para María Cegarra su hermano, muerto a una edad prematura a consecuencia de una larga y penosa enfermedad, fue quien la introdujo en el mundo poético. Para ella, su poesía es una continuación de la de su hermano. Según palabras de María Cegarra:

«Es posible que el haber elegido yo este camino de la literatura, haya sido por prolongar la memoria de Andrés».

Su hermano murió prematuramente y esto marcó a la poetisa, tanto en su vida íntima como en producción literaria. María llena lo que le rodea de un halo poético buscando siempre la verdad con un anhelante suspiro hacia Dios, ella sin su Religión y su catolicidad practicante no puede ser entendida («Dios lo ha querido así»). En este volumen se encuentra el compendio de toda su vida. Las palabras son el producto de la ausencia de máscara. Lo que María siente y dice lo trasmite con autenticidad, y por ello, toda su poesía, al igual que su vida, alcanzan un raro poder de convicción. Desde una visión general, se podría llegar a decir que su poesía es una invitación a la meditación, a la reflexión y a la comprensión de la criatura del poeta.

El poemario «Cada día conmigo», supone para la poetisa una visión del mundo desde la madurez que dan los años vividos, por ello, utiliza una temática más profunda y que es común denominador de la poesía universal: la muerte y el tiempo. Este libro viene a reflejar sus tres grandes pasiones que han marcado su vida: la familia, la poesía y la docencia.
En 1987 publicó «Poesías completas», que recoge sus tres obras: «Cristales míos», «Desvarío y fórmulas» y el poemario «Cada día conmigo».

En la obra de María Cegara encontramos la presencia de tres personalidades: en primer lugar, su hermano Andrés; en segundo lugar, los alumnos de sus clases de Química en Cartagena que tanto llenaron su vida; y en tercer y último lugar, Miguel Hernández.


RELACIÓN CON MIGUEL HERNÁNDEZ

María Cegarra mantuvo una estrecha relación con Miguel Hernández. De esta relación se ha hablado y escrito mucho. Muestra de ello son los textos epistolares que conservamos. María es mayor que Miguel, discreta y le agradaba como persona, no como enamorado, como ella misma llegó a decir en alguna entrevista.

El poeta oriolano y la poetisa unionense se conocieron en Orihuela con motivo de inauguración de un busto de Gabriel Miró (2 de octubre de 1932), más tarde se vuelven a encontrar, junto con otros amigos, para recordar a Gabriel Miró y a Andrés Cegarra, hermano de María. Miguel estaba pasando por unos malos momentos durante su estancia en Madrid (periodo comprendido entre el 2 de diciembre de 1931 y el 20 de mayo de 1932), pues el poeta buscaba cierta estabilidad emocional y María representaba ese equilibrio emocional que el poeta necesitaba. Por aquel entonces, María estaba en trámites de publicar «Cristales míos».

Ambos mantuvieron una relación sentimental incuestionable. Miguel Hernández, no sólo contó con el amor de Josefina Manresa, sino que también contó con el de Maruja Mallo, aunque era más bien de carácter sexual, o el de la filósofa María Zambrano; Cegarra, supuso un amor de otro tipo más elevado. Sea o no cierto el amor que existió entre ambos, es algo que sólo ellos sabían. En una entrevista realizada a la poetisa unionense afirma, para dejar claro que prefería no hablar más del asunto y guardar esos sentimientos para ella:

«Lo de Miguel Hernández hace muy poco tiempo que se ha recordado públicamente nuestra amistad y prefiero silenciarlo. Soy una mujer sencilla, que no me gusta airear la intimidad que pueda parecer que busca con ella popularidad».

 

EPISTOLARIO CEGARRIANO

La escritora y química María Cegarra conservó cuatro cartas de Miguel Hernández, escritas con el membrete de Espasa-Calpe. Esto dio lugar a especulaciones sobre una posible relación sentimental entre Miguel y María, lo cual supuso una gran aportación a la biografía del poeta.

Son unos textos que salieron en Madrid a subasta en dos millones y medio de pesetas. Posteriormente la Diputación Provincial de Alicante compró por un millón y medio de pesetas el Archivo completo de María Cegarra, de donde podemos destacar el legado epistolar que confirma la relación entre ambos poetas. Este archivo incluye el manuscrito inédito del soneto «El rayo que no cesa», que fue dedicado a María Cegarra en 1935. Ella también lo recordará en las últimas páginas de su libro de poemas «Cada día conmigo»:

«Deseo que la lectura de este pequeño libro deje un grato recuerdo, terminándolo con los versos de ‘El rayo que no cesa’, en su versión original, a mí dedicada».

Y en el colofón del citado poemario escribe:

«Si de pronto aparecieses...
El pasado tan lleno de ti estuvo
Que nunca fuiste ido».

También se encuentra allí una carta de Antonio Oliver en la que anuncia la muerte del poeta. El legado se completa con fotografías de María Cegarra.

Fue su hermano Andrés quien la motivó para que se dedicara al mundo de la literatura, además, en su casa ya había recibido la influencia de la literatura:

«Cuando nací, en mi casa ya se hablaba de poesía, y en cuanto tuve uso de razón y supe escribir, ya me dictaba mi hermano Andrés sus escritos –él estaba inmóvil-».

Es autor de prosas de corte mironiano y azorinesco como «Sombras» (1919) y «Gaviota y otros ensayos» (1924). Como se observa, sintió una gran inquietud literaria, además tuvo la intención de licenciarse en Filología por la Universidad de Murcia. A pesar de su terrible enfermedad, mantuvo su talante alegre y jovial.

Antonio Sáez, amigo de la infancia, también tuvo una clara influencia en la vida poética de María. Este autor se caracteriza por el empleo de personajes singulares y su descripción, tanto física como psicológica. Además de este autor de la tierra, encontramos a Juan Ramón Jiménez como autor influyente en su poesía, sobre todo en sus últimos versos y concretamente en el aspecto formal de la belleza (aire, mar viento). La poetisa busca ir más allá de lo puramente sensorial sin dejar de lado lo cotidiano. La adjetivación de «Cristales míos» nos da cuenta de las abstracciones sensoriales y sinestésicas.

Este poemario «Cristales míos» supone una nueva etapa poética para María Cegarra donde la belleza ocupa un lugar, si cabe, todavía más destacado. Son poemas sencillos y más inteligibles que los anteriores. Deja de lado la temática familiar para adentrarse en su otra gran pasión, volcándose hacia ese alumnado, reflejo de una maternidad profunda. Este poemario incluye una breve parte donde introduce unos pequeños textos en prosa que sigue la misma temática.

En una visión general, a manera de recapitulación personal y poética de la autora se podría decir que toda su trayectoria poética viene marcada por unos matices de melancolía y tristeza.

María Cegarra siempre se mantuvo alejada de los ámbitos literarios, es por ello que en numerosas ocasiones y salvando las distancias, sea comparada con otra poetisa, Emily Dickinson, la cual nunca mantuvo relaciones de amistad, quedando enclaustrada en la soledad de su casa. También ha sido comparada, pero más bien por su estilo literario, con Santa Teresa, concretamente por su estilo gramático y sintáctico que emplea en ocasiones, pues ambas utilizan unos periodos sintácticos que rozan el solecismo, utilizando los nexos oracionales perfectamente.