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Coetáneos de Miguel Hernández

Antonio Aparicio Herrero

 

 

Poeta nacido en Sevilla el 30 de junio de 1916, su nombre completo es el de Antonio Aparicio Herrero, aunque firmara con el de Errere en algunas de sus colaboraciones periodísticas de juventud. Sus padres fueron Antonio Aparicio Sánchez, de profesión comerciante, y Pilar Herrero Alviz. Tuvo además tres hermanas, María del Pilar, María y Carmen, a las que evocaría en un emotivo poema publicado en Fábula del pez y la estrella.
 
Sus primeros estudios los cursó en un colegio sevillano cercano a su casa, y más tarde realizaría el bachillerato en el colegio de San Francisco de Paula, donde obtendría muy buenas calificaciones.
 
En su juventud se impregnará del espíritu sevillano, con el flamenco y los toros, influencia esta última de su padre, que era un gran aficionado, y con el que acudiría a la Real Maestranza de Sevilla. Esto queda muy bien reflejado en su ensayo "De la espiritualidad andaluza", publicado en El Liberal, en 1934 y "Autobiografía en la barrera", recogido en un espléndido libro taurino, Gloria y memoria del arte de torear.
 
Su vocación poética nace a los 17 años, viviendo en el ambiente cultural de Sevilla, con el Ateneo y las Academias. Y con 18 años comienza a colaborar en el rotativo sevillano El Liberal, en lo que serían los últimos años de esplendor del diario, que en 1936 dejaría de publicarse. Allí aparecen interesantes artículos suyos, esencialmente de temas sevillanos, y que podríamos calificar de ensayos breves, plenos de densidad y contenido filosófico y humano, en los que abarca, con fina maestría, en prosa lírica, las vertientes más profundas de la espiritualidad sevillana.
 
En 1934, en la Universidad de Sevilla, se llevan a cabo unas actividades, entre ellas un recital de poesía de Joaquín Vázquez y Antonio Aparicio, que reciben una gran ovación.
 
Se ven en él influencias de su paisano Gustavo Adolfo Bécquer, al que dedica varios artículos. Además, en 1936, con motivo del centenario de éste, se constituye en la ciudad la agrupación cultural de los Amigos de Bécquer, y se lleva a cabo un homenaje visitando los lugares relacionados con el poeta. Participan en el acto escritores, poetas y periodistas,  entre los que se encontraba Antonio Aparicio.
 
Colaboró también en otra publicación sevillana de breve duración, Hojas de Poesía y Nueva Poesía, también en la gaditana Isla y la zaragozana Noreste. En Isla da a luz "Cuatro recuerdos de Lope. Dolor y muerte", un pequeño ensayo sobre aspectos biográficos del escritor.
 
Se trasladará el 19 de marzo de 1936 a Madrid, donde le sorprenderá la guerra. Será en ella donde se intensifique su actividad literaria, en consonancia con un ideal ético y político de lucha popular.
 
Se enrola en el 5º Regimiento de Milicias Populares, donde coincidirá con Miguel Hernández, formando parte de la Brigada de "El Campesino", como Comisarios de Cultura, realizando labores de propaganda y divulgación, y juntos soportarán en noviembre del 36 en Alcalá de Henares el tremendo bombardeo efectuado por la aviación alemana.
 
El sevillano es herido de bala el 12 de febrero de 1937, en la batalla del Jarama, y Miguel le dedica una entrañable nota periodística.
 
Pasará a dirigir la revista Al Ataque, editada por el Comité de Cultura de la unidad. Y también será colaborador en los Romanceros del Ejército Popular, en el de La Resistencia y en las Brigadas Internacionales, demostrando así su compromiso con la causa republicana.
 
Su labor dentro de la Alianza de Intelectuales Antifascistas le lleva a firmar varios Manifiestos en el órgano de ésta, El Mono Azul, y a ser uno de los firmantes, junto a Ángel Gaos, Gil-Albert, Hernández, Prados, Sánchez Barbudo, Herrera Petere, Serrano Plaja, Varela y los pintores Gaya y Souto, de la "Ponencia Colectiva" presentada en el II Congreso Internacional de los Intelectuales Antifascistas.
 
En El Mono Azul da a conocer sus poemas más populares, como "Las cuentas del buen fascista", "Lidia de Mola en Madrid", "Elegía", etc. También publicó poemas en las revistas Hora de España, Combate, semanario del PC de Aranjuez, y en otras revistas y periódicos de la época.
 
Tres son las direcciones de su poesía en estos momentos: una línea estética que resalta la labor del comisario, soldado y poeta en la guerra, dentro de la Brigada de "El Campesino"; otra vertiente eminentemente jocosa y satírica; y, finalmente, evocación y cantos de solidaridad con amigos y camaradas.
 
En Madrid, en 1938, aparece su primer poemario, bajo el sello de la editorial Signo perteneciente a Rafael Alberti, Elegía a la muerte de Federico García Lorca, ilustrada con dibujos de Santiago Ontañón, que fue muy amigo de Lorca.
 
La labor poética bélica de Aparicio fue recogida en el Romancero de la Guerra Civil (1936), en Romancero General de la Guerra de España (1937) y en Poesías de las Trincheras.
 
Fue también un excelente crítico de teatro, y autor de alguna pieza dramática. En la revista Comisario (1938) aparece un artículo suyo, "El teatro en nuestro ejercito", donde expone la situación del teatro en la guerra. Defiende el "teatro de urgencia", como "arma de propaganda de indiscutible valor", hecho con obras cortas en las que se escenifica una consigna de guerra, un episodio aleccionador.
 
En El Mono Azul editó Los miedosos valientes, pequeña pieza de teatro de dicho género, en cinco escenas, que fue representada por las "Guerrillas del Teatro" (pequeñas compañías afectadas a un Cuerpo de Ejército), junto a El Dragoncillo, de Calderón  de la Barca, que tiene como objetivo combatir el miedo y exaltar a quienes luchan en el frente.
 
Otra labor cultural de Aparicio será la composición de canciones de lucha para la Brigada y el Batallón.
 
Acabada la guerra, en marzo de 1939, es detenido, aunque consigue evadirse y pedir asilo en la Embajada de Chile, allí colabora con Santiago Ontañón y Pablo de la Fuente en la edición de una revista literaria con el título de Luna y en el periódico El Cometa.
 
El 9 de septiembre de 1940 es conducido hasta la frontera de Portugal, con dirección a Chile, donde fue acogido en los primeros momentos de la posguerra. Colaboró en La Verdad de España, El Siglo, y también en España Libre, periódico quincenal publicado en 1942.
 
Regentó la librería "Arte" en la ciudad de Santiago, donde organizó una exposición de grabados de Goya. Se despedirá de este país, tras ocho años de estancia, con dos conferencias en la Universidad y en la Sala de la Sociedad de Amigos del Arte, una sobre Quevedo y otra sobre Picasso. De allí marchará a México. De estos años son dos libros en preparación: Poesía y Cielo y Velada en el Jardín.
 
En 1946 en Buenos Aires, Losada edita Fábula del pez y la estrella, que es seguramente el texto que más nombre ha proporcionado a Aparicio. En él se recogía parte de su creación anterior ya publicada; el amor y la muerte son los dos grandes temas que dominan el conjunto: evocaciones de Sevilla, recuerdos de una guerra vivida y elegías a sus íntimos amigos en las que triunfa el sentido de la vida que permanece a través de las ideas y los sentimientos por un futuro mejor.
 
Viajará después a Europa, donde escribe un libro inédito, Tonatiú, dos sobre poesía lírica: La Niña de Plata (1955), que es su tercer poemario, con título tomado de Lope de Vega, con dibujos de Baltasar Lobo, y que hace referencia a su hija Soledad, y El tiempo en nuestros brazos. Gran parte de su obra lírica quedará registrada en diversas revistas, a la espera aún de una edición completa.
 
En 1963 publica dentro de la revista de Camilo José Cela, Papeles de Son Armadans su libro de poemas Domador de la aurora, compuesto por nueve poemas "Homenaje a Pablo Picasso", que es el esbozo de un libro anterior, La Paloma y el Minotauro (inédito). En dicho libro surge su faceta como crítico de arte, y aborda diversas facetas del genial pintor malagueño: su infancia y formación.
 
Retornó a España en 1964, una vez contraídas sus segundas nupcias en Caracas, con el propósito de instalarse definitivamente en Sevilla, donde edita una revista semanal. Allí nacerán dos de sus hijos. Compone también, los noventa poemas de Ardiendo en Ira, cuyo manuscrito debe esperar publicación por causas políticas hasta la llegada de la democracia en 1977, por la Editora Nacional, de Madrid. Libro político, de compromiso civil muy intenso, en él se abraza historia y poesía, alternando el llanto y la esperanza.
 
Pero pronto surgen las dificultades, los registros policiales en su casa se suceden, y decide trasladarse de nuevo a Caracas, donde trabajó en el periódico El Nacional.
 
En 1981, el Ayuntamiento de Sevilla homenajea a su poeta con la publicación de Gloria y memoria del arte de torear, prologado por Joaquín Caro Romero. En él se hace patente la sombra de Quevedo en dos extraordinarias series de sonetos, encabezadas con citas del clásico. Pero aparte de una obra sobre tauromaquia, es una alabanza a la ciudad de Sevilla, a la que dedicará también el poemario Ciudad sin comparación.
 
Pero tenemos también de su obra en prosa el extenso ensayo Cuando Europa moría o doce años de terror nazi, editado en Santiago de Chile, con ensayos de interpretación, de historia y humanismo. Y los artículos y conferencias sobre pintura, literatura y política publicados y reseñados en revistas y prensa periódica. La reflexión sobre el fascismo vuelve a encontrarse en el artículo "Nuestras Vidas son los Ríos", a propósito del golpe militar de Pinochet.
 
Durante su estancia en Caracas, dirigió un programa radiofónico de información denominado El Diario Español. También escribió artículos para El Nacional, de Caracas durante más de treinta años, entre ellos uno escrito con motivo del cincuentenario de la muerte de Lorca.
 
Hasta el año 2000 vivió en la capital venezolana, ultimando su obra inédita. Allí falleció el día 10 de julio de ese año, cuando contaba con 84 años de edad.
 
OBRA
-Elegía a la muerte de García Lorca, Barcelona, Signo, 1938.
 
-Fábula del pez y la estrella, Buenos Aires, Editorial Losada, 1946.
 
-Cuando Europa moría o doce años de terror nazi, Santiago de Chile, Editorial Iris, 1946.
 
-El rayo bajo tierra, París, 1952.
 
-La niña de plata, Venezuela, Editorial Ateneo de Valencia del Rey, 1955.
 
-Domador de la Aurora. 1963.
 
-Ardiendo en ira, Madrid, Editora Nacional Colección Alfar de poesía, nº 28, 1977.
 
-Gloria y memoria del arte de torear, Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla, 1981.
 
-Ciudad sin comparación, Valencia, Editorial Pre-textos, 2003.
 
-Corazón sin descanso, Sevilla, Editorial Renacimiento, 2004.
 
RELACIÓN CON MIGUEL HERNÁNDEZ.
Se conocieron en Madrid, en la casa de Pablo Neruda, "la Casa de las Flores". Desde mediados de octubre de 1936 hasta finales de febrero de 1937, Miguel Hernández es Comisario del Batallón "El Campesino", donde actúa como jefe del Departamento de Cultura, a las ordenes del cubano Pablo de la Torriente, que es el Comisario político. Allí tendrá como ayudante a Antonio Aparicio y, al igual que el escritor oriolano, se encargará de la labor propagandística y formativa.
 
Pablo de la Torriente morirá en la batalla de Boadilla del Monte, en diciembre de 1936, y ambos le dedican elogiosos poemas, y conducirán el cadáver a Barcelona para su entierro.
 
Aparicio es herido en la batalla del Jarama, y Hernández se refiere a ese hecho en un texto, no recogido nunca en libro, que se encuentra entre los papeles de Aparicio, "El poeta Antonio Aparicio herido".
 
En noviembre de 1936 coincidirán también en el tremendo bombardeo efectuado por la aviación alemana en Alcalá de Henares.
 
La amistad quedará sellada con la asistencia de Miguel Hernández, como padrino de boda, a los desposorios de Aparicio en Madrid, en febrero de 1939, en la capilla de la Embajada de Chile, donde estaba refugiado, con Emilia Ardamuy Rodríguez.
 
Quedarán vinculados también al adjudicársele a Miguel unos versos de Aparicio, que tanta polémica han levantado, supuestamente escritos en la pared de la celda del oriolano, y que se creían escritos por él como despedida antes de morir. Ambos compartirían por tanto, el pan, la guerra y la cárcel.
 
El sevillano le dedicará una "Elegía" por título, "No cesará tu rayo que no cesa", a la muerte de Miguel, que se encuentra inserta en Fábula del pez y la estrella.
 
(A la muerte de Miguel Hernández)
 
Llora el Guadalquivir con voz de ira
hiriendo con sus manos sus riberas
solloza el dulce Tajo mientras mira
amarillas de espanto hasta las eras;
el Duero pensativo,
entre álamos dolientes,
se siente con razón triste y cautivo
y lleva al mar su pena desolada.
Ojos de duelo, cenicientas frentes
Vagan sobre la España amortajada.
La flor de los pastores, 
aquel pastor que era un canto llano,
aquella flor de flores,
aquella franca mano,
yace ya con su sangre derramada,
"antes de tiempo y casi en flor cortada".
 
Ciego en una prisión de cal y canto,
su corazón cubierto de cadenas,
Y sin más compañero que su canto,
y sin más compañería que sus penas,
fijo en las negras redes
que clavaban su suerte,
dejó escrito en su celda, en sus paredes,
su "Me voy con la Muerte".
Su "Adiós mis compañeros, mis amigos;
Despedirme del sol y de los trigos".
 
Soldado fue cuando sobre la tierra
de España inauguraron los cañones
esta que aún nos persigue, fiera guerra.
Era como un león entre leones.
Sembraba en los soldados, 
cantando en la trinchera,
estrofas de pasión y de alegría,
iluminaba pechos quebrantados,
y ante su vista era
valor lo que antes fuera cobardía.
 
Estar junto a la mano y la sombra
de aquel leal soldado,
de aquel varón hermano de la alondra,
de aquel pastor pariente del arado,
era estar a la vera
de un Ebro de valor y sentimiento,
de una azul primavera
que hallará su raíz y su contento
en una subterránea galería
cuyo mero contacto enardecía.
 
Eran sus dulces ojos tristes lagos
con la pasión del corazón escrita,
y era su alma una sonora cueva
rota en desalentada estalactita.
Cada día tenía una pena nueva,
Tenía cada día una nueva alegría
y en cada amanecer nuevos estragos.
Y así iba atravesando entre pesares,
como la luna va entre los olivos:
su corazón por nubes y por mares
y su pie caminando entre los vivos.
 
Dejaba tras su paso florecido
de canciones el suelo,
bajo un cielo que en fuego se trocaba.
Crecía en un instante,
despertaba en un vuelo,
allí donde él pisaba,
la fe con sus nidales,
la flor de la esperanza cautivante;
ardían los zarzales
crecidos en la umbría del desaliento,
y  los firmes fusiles 
mirando su ardimiento
se hacían bajo sus ojos más viriles.
 
De prisión en prisión fueron dejando
pedazos de su vida,
y el caudal de su sangre derramando
por una abierta y cultivada herida.
La agonía lo cercaba, le ponía
un sitio a cada hora,
un cerco a su airada fortaleza,
y al final, cuando al fin la luz nacía,
triunfante entró la muerte en su cabeza,
el silencio en su pecho.
el aire por sus venas.
Sobre un haz de crispadas azucenas
cayó al final Miguel, muerto y deshecho.
 
Un día te buscaremos Miguel mío,
las losas de tu cárcel levantando
hasta dar con tus huesos vencedores.
No ganó el hierro frío
de tus ejecutores
esta lucha que hoy vamos librando.
Tendrá tu corazón, tendrán tus sienes
un huerto de descanso,
tendrás la paz que muerto aún no tienes
el día que España vuelva a su remanso.
 
No cesará tu rayo que no cesa,
no callarán tu voz, tu melodía
de temblorosa flauta ensangrentada.
No podrá destruirte la pavesa,
no podrá enmudecerte la agonía,
no podrán contra ti nadie ni nada.
Espéranos, espera,
yacente prisionero, camarada,
muerto tu corazón aún tiene cera
para cantar la nueva primavera.

 

 

 
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