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Coetáneos de Miguel Hernández

Eduardo LLosent y Marañón

 



Llosent y Marañón nació en Sevilla el 2 de septiembre de 1905 y fallece el 28 de abril de 1969. Fue hijo de don José Llosent y doña María Marañón Lavín.

Desde 1926 dirigió  la revista Mediodía. A partir del homenaje a Góngora celebrado en el Ateneo de Sevilla en 1927, le unió una gran amistad con Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, y Rafael Alberti, condiscípulo suyo en los Jesuitas.

Permaneció una larga temporada, de 1930 a 1935 en Mendoza (Argentina), donde colaboró en el diario porteño La Nación.
Tras la guerra civil, fue un alto cargo en la prensa y propaganda del <<Movimiento Nacional>> franquista, también director del Museo Nacional de Arte Moderno.

Su esposa, la novelista Mercedes Formica, nos habla de él como un hombre: "Culto, refinado, divertido, generoso -un agujero en la mano-, a su lado todo se volvía fácil, grato. Antiesnob  por naturaleza,  era la sencillez personificada dotado para captar lo auténtico allí donde estuviese" (Visto y vivido: 1931-1937,Planeta, 1982, p. 196). Virtudes, confirmadas también por Diego Romero que lo describe diciendo: "Era un gran corazón, un alma limpia, una agregia [sic] y señorial persona" (Miguel Hernández en mi recuerdo, Sevilla, 1992, p. 173).

María de Gracia Ifach explica el momento en que Miguel Hernández y Llosent se conocen: "Miguel ha pisado con buen pie la tierra madrileña. Apenas llegado, Enrique Azcoaga, emprendedor y buen amigo, le ofrece trabajo en las Misiones Pedagógicas, que dirige, en colaboración con Juan Antonio Maravall y Eduardo Llosent.  Acepta, como es natural, encantado y satisfecho con la sola preocupación de ser útil y de ganar algún dinero" (Miguel Hernández, rayo que no cesa, Barcelona, Plaza & Janés, 1975, p. 128).
Sin embargo, este hecho no le consta a la familia de Llosent, y, en la Fundación Giner de los Ríos, de Madrid, sucesora de la Institución Libre de Enseñanza, cuyo Museo Pedagógico organizaba las Misiones Pedagógicas, no aclaran este hecho ya que la documentación conservada no llega más que hasta 1933.

José María Llosent, hermano de Eduardo, deja constancia de la amistad entre éste y Miguel Hernández en una carta que envió a Ramón Pérez Álvarez, con fecha 10 de enero de 1979, y, que se conserva en el Legado de Ramón Pérez Álvarez, depositado en la Biblioteca Pública Fernando de Loazes de Orihuela. Aquí se recogen, entre otras las siguientes afirmaciones: "Efectivamente, mi hermano Eduardo fue amigo de Miguel Hernández [...] me habló en varias ocasiones de Miguel Hernández y en alguna ocasión, me comentó,  lamentándolo, que no atendió los consejos suyos y de otros buenos amigos que trataron de que pasara a Portugal hasta que se serenaran las cosas recién terminada la guerra civil. Quizá estaría aún vivo si los hubiera atendido".

A finales de 1939, sabemos que Miguel Hernández llega a Sevilla con la intención de encontrarse allí con Guillén y otros amigos y así lo refleja en la carta que mandó a José María de Cossío el 19 de abril de 1939, donde dice:

"Querido Cossío:
Estamos todos bien por ahora. Yo salgo para Sevilla seguramente, y pronto. Allí espero ver a Guillén y a otros amigos y espero hallar una buena acogida entre ellos..." (Obra completa, Edición crítica de Agustín Sánchez Vidal y José Carlos Rovira con la colaboración de Carmen Alemany, Madrid, Espasa Calpe, 1992,  T. II, p. 2535).

En Sevilla, fue a casa de Llosent, quien lo envió en busca de Diego Romero para facilitarle el tránsito a Portugal, pero no encontró a éste. El 29 de abril de 1939, Hernández se encontraba en Huelva de camino hacia Portugal, cuya frontera atravesó de manera clandestina, siendo detenido y entregado a la Guardia Civil del puesto fronterizo de  Rosal de la Frontera.  En relación con este suceso, el poeta manda una carta a su familia, cuya constestación, dice en la misma, deberá ser remitida a casa de Llosent. Reproducimos textualmente un fragmento: "Escribidme a la dirección que pongo en el sobre: San Vicente, 22, Sevilla, a nombre de Eduardo Llosent que me mandará la carta" (id., pp. 2538-2539).

El 15 de mayo de 1939, Miguel Hernández ingresa en la cárcel de Torrijos, en Madrid. Allí lo visita su amigo Eduardo Llosent, acompañado de Diego Romero, que pertenecía al Decanato de Defensores, para que se hiciera cargo de la defensa del poeta, como lo atestigua el propio Romero en las siguientes líneas:  "Así  era Eduardo Llosent y Marañón, el hombre que me pidió -verano de 1939- que me hiciera cargo de la defensa de Miguel Hernández, a quien fuimos a ver, juntos a la cárcel de Torrijos, logrando que  el cielo oscurecido del poeta se  abriese con un tímido arco de esperanza..." (Miguel Hernández en mi recuerdo, Camas, Sevilla, 1992, p. 173).

Sobre este aspecto, dirá Miguel Hernández a su esposa en una carta fechada en Madrid, 3 de agosto de 1939: "Mi Querida: Precisamente ayer mismo he tenido las mejores noticias sobre mi caso. Han venido a verme dos amigos, uno de ellos perteneciente a la Auditoria de Guerra de Madrid, y se me ha ofrecido como defensor y nadie mejor que él conseguirá mi libertad completa. Por de pronto, es posible que consiga en breves días la provisional y en ese caso te llamaré a mi lado y viviremos aquí hasta que podamos marchar" (Obra completa, Edición crítica de Agustín Sánchez Vidal y José Carlos Rovira con la colaboración de Carmen Alemany, Madrid, Espasa Calpe, 1992,  T. II, pp. 2554-2557).

Finalmente, Miguel Hernández fue puesto en libertad el 17 de septiembre de 1939, hecho éste que causa gran extrañeza en sus biógrafos, y, cuya explicación tal vez vendrá en el hecho de que, posiblemente, aún no se habían unido los expedientes incoados por la Administración Civil y Militar del nuevo Gobierno,  y porque haber cruzado la frontera de Portugal sin documentación no era un delito de gran importancia.

José María Llosent asegura que su hermano, Junto con Sancho Dávila y Julián Pemartín, ofrecieron a Miguel facilitarle la salida de España, pero éste se negó. Mercedes Formica dice al respecto: "En otoño de 1939, Eduardo vino a buscarme a Ronda  y marchamos a Sevilla. Quería preparar un refugio a Miguel Hernández en la <<Dehesa del Hornillo>>, donde viviría como pastor [...] habían convenido que,  si después de conocer a su hijo en Orihuela, la ciudad seguía siendo lugar poco seguro, haría realidad su antigua idea de camuflarse en una finca andaluza, utilizando el salvoconducto proporcionado por mi marido [...] Pero Miguel Hernández nunca llegó" (Escucho el silencio: Pequeña historia de ayer II, Barcelona, 1984, p. 72).
 

 

 
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